• por Ariel Matzkin
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a humedad acumulada durante los 5 días que llevábamos viajando por tierra nos pegaba la ropa al cuerpo haciendo de cada movimiento, por mínimo que sea, una incomodidad. Nos bajamos del tren y suspiramos, al fin habíamos llegado. El olor de la estación central de Nueva Delhi nos golpeó con la fuerza de una locomotora, un olor acre, fétido, un olor a suciedad, a desechos, a hambre, un olor a muerte. La noche ya se había cerrado sobre la capital India, por lo que nos esperaban largas horas de vigilia en la estación.

Caminamos entre las personas, algunas solitarias y otras rodeadas de toda su familia, que dormían sobre láminas de envases de cajas de golosinas como toda defensa en contra del frío y  de la dureza del suelo. Instintivamente me llevé la mano a los ojos y los refregué para asegurarme de que mi vista, deteriorada por el infinito cansancio que me aquejaba, no me engañaba. Eran cientos de personas, sino miles, las que hacían de la estación de trenes su lugar de descanso por la noche.

Caminamos entre las personas, algunas solitarias y otras rodeadas de toda su familia, que dormían sobre láminas de envases de cajas…

mercadillo de Delhi

Encontramos un espacio, una columna, que prometía un respaldo para que descansemos las espaldas, y la (dudosa) seguridad que nos ofrecía la presencia de un policía a unos metros de distancia. Los ronquidos, los vendedores ambulantes, la algarabía típica de los trenes cuando llegan, cuando pasan y cuando se van, y el murmullo constante de miles de personas hablando, prometían ayudarnos a mantenernos despiertos mientras, allí sentados, esperábamos a que el nuevo día comience, y así lo haga nuestra aventura por una de las ciudades más intensas del planeta.

Me acuerdo que la primera noche Celeste no tenía ganas de salir a comer, el cansancio le pesaba mucho más que el hambre y se quedó, por lo que me fui sólo a buscar un lugar para cenar. Caminé por el corazón del Main Bazar Road en el barrio de Paharganj, una avenida peatonal que vibra con millones de sonidos, luces y sabores diferentes. Las bicicletas y los Rickshaw esquivan a las miles y miles de personas que por ahí deambulan con una precisión que impresiona al ojo poco acostumbrado; los vendedores se me acercaban a los gritos cada pocos pasos con la ilusión de que pagaría los precios absurdamente inflados que intentan imponer a los extranjeros.

mercado de Delhi

Al poco rato, el escándalo interminable me colmó la paciencia, así que decidí escaparme, cual persecución de película, por un callejón oscuro. Sólo que por suerte éste sí tenía salida, aunque costaba verla en la penumbra que me envolvió cuando me aleje un par de cuadras de la estrambótica avenida. Allí, en una Delhi mucho más local, a pocos metros de la parafernalia del Main Bazar, la gente conversaba tranquila en las veredas apenas iluminadas, y alguno me seguía en silencio con la mirada mientras yo persistía en mi búsqueda de un lugar para comer.

En este laberinto de calles y callejones terminé por encontrar el lugar que estaba buscando, un lugar local, típico de Nueva Delhi, con la hornalla sobre la calle, con las ollas gigantes tapadas, los platos amontonados al lado, el cocinero/mozo/dueño anunciando los platos y los precios a los transeúntes, y la gente sentada comiendo como en India, comiendo con las manos. A los pocos minutos, ya estaba sentado en una linda mesita en la esquina y con más que un par de miradas posadas en mí, empecé a comer un aloo gobi (curry de papa y coliflor) con arroz. ¿Por qué en India comen (y comíamos) con las manos? Porque, lejos de deberse a una falta de utensilios, los indios creen que la comida debe ser experimentada con todos los sentidos por igual.

niños de Delhi

En Nueva Delhi la opulencia de los monumentos contrasta con la realidad de las calles. La Mezquita Jama es uno de esos casos, un buen ejemplo de arquitectura mogol ubicado en el corazón de Old Delhi que nos dejó pasmados por su tamaño, por su hermosura, y por la devoción de los creyentes que allí se encontraban, rezando en ayunas en pleno Ramadán. Cerca de ella se encuentra el antiguo Chawri Bazar, una zona de la ciudad que tiene su propio pulso y da la impresión, como cada lugar en esta gigantesca urbe, de que es un mundo en sí misma. Allí, algunos pelean por la venta del día, mientras otros se debaten por alimentarse en un país donde la comida falta, y además está pésimamente distribuida.

En pleno bazar encontramos un lugar que nos llamó la atención. El olor a Chicken Biryani es inconfundible, y yo llevaba ya varios días sin comer carne, por lo que se me filtró al instante entre los aromas dulzones del Suterfini. Nos lavamos las manos en el lavamanos, que como en la mayor parte de los restaurantes del país se encuentra en la entrada, y nos sentamos a disfrutar agarrando pieza por pieza con nuestros dedos esa versión bien picante de arroz con pollo.

Allí, algunos pelean por la venta del día, mientras otros se debaten por alimentarse en un país donde la comida falta, y además está pésimamente distribuida

La crudeza de las calles de Nueva Delhi es una que queda indefectiblemente grabada en la retina de los visitantes que eligen mirar, y no desviar la mirada para evitarse el mal trago. Gente agonizando tirada en la vereda; niños (tantos niños) con las panzas hinchadas y la ropa desgarrada y sucia, rogando por comida; y hombres tan alienados por el estatus social de las castas en las que han nacido, que deben hacer sus necesidades (todas) en plena calle.

Pero aquí también se vive con intensidad. Como en todo el país, Nueva Delhi es una ciudad de colores vivos, una donde las conversaciones animadas en las Dhabas (restaurantes) resuenan con fuerza, donde las sonrisas van y vienen con facilidad, donde el chai, ese té picante que los indios aman, es la excusa cotidiana para juntarse a charlar, donde la oscuridad de la realidad se enfrenta muchas veces con inventiva, con optimismo, con esperanza y otras tantas, por desgracia, con una fría resignación. Delhi es una ciudad donde el calor y la humedad empuja a la gente a la calle, donde millones de personas la pelean todos los días y viven a merced de una milenaria e intrincada trama social, marcada por la más absoluta desigualdad.

mezquita de Delhi

Luego de pasar sólo 4 días en la capital, nos encontrábamos mareados, perdidos entre la absoluta sobrecarga de estímulos sensoriales. Nos sentíamos desbalanceados, más fuera de lugar de lo que jamás imaginamos sentirnos. Después de 2 meses viajando por el magnífico norte de India, teníamos la sensación de que esta ciudad al fin había logrado romper el encanto que nos había cautivado hasta el momento.

Terminamos la visita como la comenzamos. Fuimos a la vieja estación de trenes. Todo seguía siendo igual, pero nosotros ya teníamos el olfato y la vista acostumbrados. Cenamos un típico Tali en una Dhaba enfrente de la estación y esperamos, ya con el estómago lleno y los sentidos aún más anestesiados, nuestro tren.

jóvenes de delhi

  • Ariel & Celeste
    Ariel & Celeste

    Ariel y Celeste son dos viajeros que se conocieron en el 2011 en el primer día de su primer viaje y que desde entonces deambulan juntos los caminos del mundo sin prisa ni condiciones.

    En su blog viajandovivo.net cuentan todo sobre sus viajes y hacen un esfuerzo por inspirar a aquellos que aún no se han animado a viajar.

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