• por Victoria Sánchez Mércol
E

xtrañamente poco confuso. O en realidad mi prejuicio indicaba que debía estar como ebria o (sobretodo) fuera de mí. Realidad. Es la palabra que menos sentido puede tener en un ritual de Ayahuasca. O mejor dicho, la palabra que se abre como un abanico de posibilidades.

Estaba a orillas de un furioso río Pastaza, en algún lugar tropical de Ecuador. Tenía pocos días por delante en aquel viaje, pero no quería irme de ese país sin tener alguna noción de lo que podía ser “lo selvático”. Algunos años después confirmaría que ese viaje tuvo mucho de iniciático y que la selva tropical es uno de los ecosistemas más enigmático, asombroso y que por partes iguales me gusta y atemoriza. Pero esa noche en particular iba a descubrir otras cosas.

El río estaba revuelto, de a poco se armaba la tormenta. En la ciudad uno sabe que está nublado porque las luces rebotan en las nubes y se ven rosadas. En la selva no, todo arriba es negro.  

No hubo ninguna comida durante el día para quienes habíamos decidido hacer el ritual, pero más o menos a la hora de la cena nos reunimos en una fogata presidida por el chamán de la comunidad. Algunos participantes iban a oficiar de testigos y cuidadores, sin probar el brebaje. Los demás esperábamos impacientes, moviendo ansiosos los pies y las manos, sentados en troncos alrededor del fuego.

Recorrí con la vista algunos detalles del chamán en cuestión. Colgante de dientes de algún animal, barro en la piel de los brazos, pelos largos, enredados y entrecanos, jeans y sandalias (sí, jeans!). Él también nos examinó con los ojos y se fue acercando de uno para plumerearnos con un ramillete que mezclaba ramas de algún árbol aromático y otras hojas. Mascullaba algunas palabras que no llegaba a descifrar, porque no éramos nosotros los destinatarios de ese mensaje. Cuando nos hablaba, lo hacía en un claro español y nos explicaba, por ejemplo, que íbamos a ser purificados. Que cuerpo y espíritu son alcanzados por los enigmáticos efectos de la planta sagrada, con efectos impredecibles de antemano, pero siempre significativos. Mientras se paseaba entre nosotros, algunos recibíamos una bocanada de su aliento, húmedo y caliente, luego un poco de humo de su tabaco y más tarde escupía nuestros cuerpos. Unos pocos minutos después de la ceremonia, comenzó a repartir un vaso pequeño, con un agua turbia producto de la infusión de las lianas que contienen el ayahuasca.

“… que íbamos a ser purificados. Que cuerpo y espíritu son alcanzados por los enigmáticos efectos de la planta sagrada, con efectos impredecibles de antemano, pero siempre significativos.”

Me habían dicho que era tan horrible, que casi me sorprendió el poco disgusto que me generaba. Su pasar por mi paladar y papilas fue arenoso y ligero. Luego del brindis éramos libres de retirarnos a ponernos cómodos. Nos mirábamos entre risas contenidas que delataban nuestra ansiedad, nos preguntábamos unos a otros si ya sentíamos algo… y nada. La luz de la fogata iluminaba caprichosamente los rostros y era como si aún teniendo los ojos abiertos ya no estuviéramos observado nada más que lo que pasaba o no en nuestro interior. La histriónica del grupo se dio a conocer rápidamente por los exagerados gestos de estar cayendo de a poco en los efectos. Pero la mayoría, casi decepcionados empezamos a caminar hacia las cabañas.

Eran pocos metros, habían pasado unos quince minutos del brindis ritual, y sin poder completar los pasos que me quedaban para llegar a mi destino ya estaba tambaleando. Como aquella primera vez que probé una bebida alcohólica en la juventud, sin poder diferenciar si la tierra se mueve o son mis pasos los entorpecidos (o ambos). Un ligero cosquilleo me empezó a recorrer la punta de los dedos y escuché entre mis compañeros el primer vómito. Y fue como una voz de “aura”: todos respondimos en distintas direcciones y comenzó la expulsión de lo poco que teníamos en nuestro interior luego de casi 24 horas ayunando. La sensación era rara, no había malestar previo, ni mucha acidez, simplemente un caudaloso elemento que emergía de lo más profundo del cuerpo en pulsos. Fueron demasiados y perdí la cuenta rápidamente. Al mismo tiempo me sentía derretir para fundirme con la mismísima tierra que ya empezaba a humedecerse de la lluvia. Los destellos de los relámpagos iluminaron el camino hasta alcanzar finalmente la cama. Los truenos hacían desaparecer de a poco los eruptivos vómitos que se alejaban en un fade-out entre la tormenta y el río.

Me introduje dentro del mosquitero y me eché como pude. Savasana, la postura del cadáver en el yoga, recostada sobre la espalda con brazos y piernas tendidos a los costados del cuerpo. No pude moverme más, aunque quise. Perdí toda noción de los límites de mi corporalidad, la piel ya no me contenía. Por dentro el corazón me galopaba con la misma furia de la tormenta. Intentaba llevar la cuenta de mis pulsaciones, quería llevar una mano a la muñeca contraria para sentir mi pulso, pero el cuerpo estaba en un plano distinto al de la mente y no aceptaba órdenes.

Ritual de ayahuaca

Me sumergí en un silencio sordo, como estando bajo el agua, que apenas se escuchan algunos torpes tonos de los sonidos alrededor. Por momentos se aclaraba, como cuando escuché a alguien aclamar muy feliz “¡Soy una mariposa!”, y vi de refilón alguien revoloteando unas alas imaginarias por toda la habitación. La selva empezó a despedir todo su perfume a humedad y lluvia, sólo interrumpido a veces por el aliento de mi cuidador cuando se acercaba a preguntarme si me sentía bien o necesitaba algo. En las cabañas no había luz eléctrica y cada vez que venía me encandilaba con una linterna, recuerdo que eso me molestaba mucho. El esfuerzo en responder rápido para que se fuera me resultaba descomunal.

“No pude moverme más, aunque quise. Perdí toda noción de los límites de mi corporalidad, la piel ya no me contenía.”

Mi mirada estaba fija en el centro del mosquitero que se extendía sobre mi cama hasta que de pronto se convirtió en un prisma que descomponía la luz de los rayos que entraba por la ventana de la choza. Todo confluía allí. Esa descomposición de la luz generaba colores y formas que se fundían unas en otras, siempre hacia el centro. Estaba atrapada en el mosquitero-caleidoscópico, con el cuerpo absolutamente relajado (o inherte) sobre la cama, los ojos bien abiertos y la mente despierta. Empecé a reconocer los rostros que se formaban entre las figuras y colores, mis padres y hermanos estaban allí, se superponían, no había arribas ni abajos para pies o cabezas. No hablaban ni se movían, sólo la luz al desplazarse los cambiaba de lugar u orientación, o se re-fundían para volver a emerger, y entre ellos (ay, que raro en mí) unas pupilas lineales, un pelaje de manchas, una nariz triangular brillante de humedad. Lo felino y yo tenemos una larga historia, pero no podía comprender el mensaje. No me afané por hacerlo, no tenía registro del tiempo pero de a poco algunos aullidos externos se iban calmando, y yo sentía que mi experiencia no terminaría jamás. Me dejé llevar por ese fluir de colores e imágenes confluentes, como flotando en el río o en la copa de los árboles. Ya habría tiempo para interpretaciones…

En algún momento me habré quedado dormida, y en la misma posición desperté con el cielo ya brillante y la selva también de pie. Disimuladamente busqué rastros de los vómitos, pero no los encontré. Me sorprendía la claridad de mi memoria, no había un minuto de las cuatro o cinco horas que duró mi trance que no recordara. ¿Fue completa lucidez, o el mejor sueño de mi vida?

  • Victoria Sánchez Mércol conlospiesporlatierra.com

    La llaman Vito y a ella le gusta así. Ya cuando sintió curiosidad por estudiar el cuerpo humano comprendió que lo más asombroso siempre sucede más allá de lo que está a simple vista. Hoy trabaja con el top 5 de las enfermedades de la infancia mientras de a poco se deja seducir por los poco transitados caminos de las medicinas del Oriente y el Yoga. Fotografía y escribe en conlospiesporlatierra.comSu recorrido inició en La Rioja, Argentina, y nadie sabe dónde puede terminar.

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